martes, 17 de julio de 2012

Los gritos desde la sala

Pablo seguía en la misma canción. Su guitarra estaba desafinada y muy sucia. Los stickers, que ocupaban un lugar importante en esa madera ruidosa ya no estaban ahí y habían dejado un rastro poco armonioso. Él no se daba cuenta de eso, de su cuarto desordenado y de la cerveza que había regado hace unas horas en el piso y que ya estaba dejando huella en él.
Pablo no podía dejar de lado la canción. Por momentos la melodía se alejaba y él la perseguía, la agarraba con sus manos huesudas y la introducía otra vez en su mente.

Los ruidos que se escuchaban en la sala ahora eran más fuertes, como gritos, como lamentos. Pablo cogió su guitarra con tanta fuerza que las palmas de sus manos ahora eran de un color amarillento, hacían juego con sus ojos y dientes. Pablo tocaba más fuerte; sus uñas casi arañaban las cuerdas. Uñas que demostraban lo difícil que la estaba pasando. No se bañaba hace tres días y solo se había cambiado de polo una vez esa semana.
Dos cuerdas se rompieron. Él las miró con una cara feroz. Su mirada era tan fuerte que parecía que solo con la rabia que desbordaba, había logrado romper esas dos cuerdas.

Ahora, Pablo podía escuchar el llanto de su madre. Gritaba y le suplicaba a alguien que pare, que deje de hacer lo que estaba haciendo. La voz de un hombre fornido - Pablo asimiló que era el nuevo novio de ella - la mandaba a callar. A Pablo nunca le dio buena espina ese hombre. Sabía que las elecciones de su mamá no eran las mejores, pero sabía, también, que ella no se merecía eso.
Pablo se paró mientras apretaba fuertemente los puños. Abrió la puerta tan rápido que el aire que creó el movimiento lo despeinó. Gritó muy fuerte: ¡Ya basta, conchatumadre. Déjala! y se acercó torpemente, pero rápido y seguro hacia el hombre que sujetaba a su mamá de los pelos.

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