Ella amaba lo que había sido hasta hace unos años. Ahora, él estaba viejo, a veces no recordaba su nombre, ya no reía ni hacía chistes, tampoco lloraba. Cuando su esposa falleció, a él no le importó. Su frágil mente había borrado cualquier pista que señalaba el amor que se habían tenido por casi cincuenta años.
Para Lucía, su abuelo se había vuelto un extraño. Cada cierto tiempo, mientras la enfermera lo sentaba a la ventana y él veía detenidamente el movimiento de las personas y de los carros; ella recordaba los tiempos en los que él la cargaba y la besaba. Le decía que era su princesa y que llegaría muy lejos.
Lucía era ahora una reconocida abogada. Tenía dos hijos y un divorcio en proceso.
Como cada domingo, ella había ido a ver a su abuelo. Él no le prestaba atención y ella organizaba sus libros y sus escritos. La enfermera fue al baño. Su abuelo seguía con la mirada perdida. Recordó que siempre le habían gustado los ojos verdes de él. Ahora, eran más oscuros y menos lúcidos. Recordó el juego que tenían de mirarse con los ojos bien abiertos hasta que uno se ría o los cierre y pierda. Recordó que ella siempre perdía. En venganza, le hacía cosquillas a su abuelo.
Voltió a verlo. Se acercó. Lo miró otra vez. Esta vez, él la miraba también. Ella se acercó lentamente y con una sonrisa tan natural que parecía fingida. Le dio un beso. Él con una expresión tierna y de niño le dijo: ¿hoy quieres perder otra vez, mi princesa?
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