lunes, 9 de julio de 2012

Ojos cafés

Como todos los domingos por la mañana, él había vuelto de la panadería que quedaba al frente de su casa con unos tamales, panes y algunos postres de chocolate. A ella le gustaba el chocolate y a él le gustaba la manera en que lo disfrutaba. Le gustaba su pelo largo y ondulado, su vientre plano y curvilíneo que servía de gran acompañante a sus caderas redondeadas y estrafalarias.
Ella tenía unos ojos café intensos y unos labios gruesos que te decían: muérdenos. Había llegado a amarla y a obviar sus defectos. Para él, era perfecta. Le gustaba su forma de bailar y la manera en que se cogía el pelo mientras leía algún libro de Carver o de Salinger. 

Cuando llegó, ella veía las noticias. Él había llegado de Trujillo hace un día y la había extrañado como nunca lo había hecho. Porque este viaje había sido el más largo. Y porque una noche, en el bar, sonó el grupo favorito de ella y él cantó muy alto y se imagino a su amada al lado suyo. La había extrañado, pero no se lo había dicho.

Ella lo miró y le dijo con una voz ronca y una mirada perdida que ya no lo amaba. Le dijo: siento que el hombre del que me enamoré se ha quedado a vivir en Trujillo. Ya no te reconozco. Ya no eres nadie. 
Él vio sus piernas más largas, sus pechos más grandes. Cuando se detuvo a ver su cara, su mirada estaba distinta. No se había dado cuenta que entre viajes y viajes, ella ya no lo miraba de la misma manera. Antes de apagar la luz por las noches, ya no se decían nada.
Sus ojos cafés ya no lo amaban. Drexler

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