Ella tenía unos ojos café intensos y unos labios gruesos que te decían: muérdenos. Había llegado a amarla y a obviar sus defectos. Para él, era perfecta. Le gustaba su forma de bailar y la manera en que se cogía el pelo mientras leía algún libro de Carver o de Salinger.
Cuando llegó, ella veía las noticias. Él había llegado de Trujillo hace un día y la había extrañado como nunca lo había hecho. Porque este viaje había sido el más largo. Y porque una noche, en el bar, sonó el grupo favorito de ella y él cantó muy alto y se imagino a su amada al lado suyo. La había extrañado, pero no se lo había dicho.
Ella lo miró y le dijo con una voz ronca y una mirada perdida que ya no lo amaba. Le dijo: siento que el hombre del que me enamoré se ha quedado a vivir en Trujillo. Ya no te reconozco. Ya no eres nadie.
Él vio sus piernas más largas, sus pechos más grandes. Cuando se detuvo a ver su cara, su mirada estaba distinta. No se había dado cuenta que entre viajes y viajes, ella ya no lo miraba de la misma manera. Antes de apagar la luz por las noches, ya no se decían nada.
Sus ojos cafés ya no lo amaban. Drexler
Sus ojos cafés ya no lo amaban. Drexler
No hay comentarios:
Publicar un comentario