domingo, 1 de julio de 2012

Llovizna en Barranco

Ricardo subió al micro. No miró a nadie, no saludó a nadie, solo subió. Prefirió estar parado durante la travesía ya que así bajaría más rápido cuando llegue a su destino. 
Era uno de esos días de invierno en los que Barranco se ve hermoso con sus árboles deshojados y sus cielos grises. Ricardo estaba usando su polera de pijama y un jean y converse que encontró tiradas por ahí. 
Cada cierto tiempo se agachaba para ver su locación por la ventana. No se había dado cuenta pero había estado apretando fuertemente con sus manos peludas el sobre para Camila. Su Camila. 

No la veía hace mucho. Hace quince meses se había ido a Madrid a terminar sus estudios de filosofía. Lo único que le quedaba de ella era un calzón rojo que olvidó en su casa un día, sus sombras negras favoritas y su sonrisa que habitaba las paredes, la laptop y los escritorios de la casa de Ricardo. Él la quería mucho. La recordaba varias veces durante el día, la llamaba, le escribía, le cantaba, la adoraba. 

En ese sobre estaba la nueva noticia de Ricardo: había logrado juntar la plata para ir a visitarla en las vacaciones de mitad de año. Ya había comprado el pasaje. Junto a los cientos de palabras, había una foto de él. No sabía cómo se tomaría Camila su nuevo look. Había optado por la barba y el bigote, negros como sus cabellos. Ella siempre había hecho mofa del estilo árabe de Ricardo y sabía que su barba no sería la excepción. Sabía que ella lo llamaría a penas termine de leer esa carta y lo primero que diría sería algún apodo que tenga que ver con sus raíces de medio oriente. 

El cobrador gritó: ¿quién baja en el parque? Ricardo dijo: bajo. Caminó unos pasos, bajó del micro y se dio cuenta que estaba lloviznando. Se puso la capucha de su polera de pijama y cruzó la pista.

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