"Por qué no eres más femenina?" eran las palabras que iban y venían en la cabeza de Andrea, pregunta que había dicho su mamá, pregunta que no podía responder.
Andrea salió de su casa golpeando la puerta con mucha fuerza. Su mamá le gritó algo, pero ella hizo como si no hubiera escuchado.
Caminó hacia el parque que estaba a la vuelta de su casa y que muchas veces le había servido para desahogarse, para pensar. Prendió un cigarro. Vió a una pareja besándose en una banca y envidió su felicidad. Siguió caminando.
Andrea no sabía por qué sus mejores amigos eran hombres, por qué repudiaba las faldas y los tacones y por qué desde pequeña había disfrutado más jugar con carritos que con muñecas.
Su mamá no la entendía y ella tampoco se entendía a sí misma.
Vio dos palomas volando muy cerca a un niño. Él saltó tratando de coger alguna, pero no pudo. Muy pronto, se olvidó de esas aves plomizas y cogió su pequeño scooter. Era un niño muy bonito de esos que salen en los catálogos de ropa. Tendría como unos siete años y se veía que era un niño feliz. Su nana lo llamó por su nombre. Se llamaba Luca. Sus enormes y tiernos ojos voltearon a ver a su nana.
Andrea prendió otro cigarro y el niño volteó a verla. Ella le sonrió y él la saludó mientras se alejaba de la mano de su nana.
Por unos segundos, Andrea se había olvidado de su personalidad poco femenina. Aspiró la primera bocanada de humo de su segundo cigarro y recordó lentamente por qué estaba sentada en esa banca con los ojos llorosos.
domingo, 24 de junio de 2012
sábado, 23 de junio de 2012
Los pequeños pantaloncillos
Ivan tenía solo 15 años. Le gustaba el fútbol, las fiestas con amigos y la manera en que las tetas de sus compañeras se movían en la clase de educación física. Quería ser piloto y tener mucho dinero.
Tatiana tenía 17 años. Estaba en su último año de colegio y se había decidido a ser diseñadora de modas. Le gustaba hablar ppr teléfono hasta altas horas de la noche, tomarse unas chelas con sus amigos y bailar en los night club más conocidos de Lima.
Los dos tenían algo en común: compartían el mismo centro de estudios y por las noches, mientras dormían, solo los separaba unos metros de distancia.
Se saludaban en los recreos, conversaban por messenger cada cierto tiempo y se cruzaban todos los días al momento de ir al colegio.
Un día, Tatiana, le dijo a Ivan que vaya a su casa para pasar el rato. A Ivan le parecía bonita, pero la veía inalcanzable; como un chico encargado de las luces que quiere conquistar a la actriz principal.
Él se había conformado con ser su amigo y escuchar sus problemas en las madrugadas.
Cuando llegó el día. Ivan fue sudado luego de jugar un partido de fútbol con sus amigos del barrio.
Tatiana abrió la puerta. Tenía un diminuto short y un polo tan estrecho que le hacía ver sus curvas. "Pasa ivan, qué tal?" le dijo con una gran sonrisa. Él solo le dijo hola.
Se sentaron en el sillón de la sala y hablaron del nuevo director del colegio. Hubo un corto silncio y luego Ella lo besó apasionadamente. Agarró su mano derecha y se la puso en la entrepierna. Ivan seguía al pie de la letra todo lo que ella le ordenaba con una voz dulce.
Él le dijo: me gustas. Ella paró sus movimientos de pelvis, su mirada cambió y sus dientes ya no mordían sus labios. Se quedó mirándolo por largos segundos mientras se bajaba el cierre de sus pequeños pantaloncillos.
Tatiana tenía 17 años. Estaba en su último año de colegio y se había decidido a ser diseñadora de modas. Le gustaba hablar ppr teléfono hasta altas horas de la noche, tomarse unas chelas con sus amigos y bailar en los night club más conocidos de Lima.
Los dos tenían algo en común: compartían el mismo centro de estudios y por las noches, mientras dormían, solo los separaba unos metros de distancia.
Se saludaban en los recreos, conversaban por messenger cada cierto tiempo y se cruzaban todos los días al momento de ir al colegio.
Un día, Tatiana, le dijo a Ivan que vaya a su casa para pasar el rato. A Ivan le parecía bonita, pero la veía inalcanzable; como un chico encargado de las luces que quiere conquistar a la actriz principal.
Él se había conformado con ser su amigo y escuchar sus problemas en las madrugadas.
Cuando llegó el día. Ivan fue sudado luego de jugar un partido de fútbol con sus amigos del barrio.
Tatiana abrió la puerta. Tenía un diminuto short y un polo tan estrecho que le hacía ver sus curvas. "Pasa ivan, qué tal?" le dijo con una gran sonrisa. Él solo le dijo hola.
Se sentaron en el sillón de la sala y hablaron del nuevo director del colegio. Hubo un corto silncio y luego Ella lo besó apasionadamente. Agarró su mano derecha y se la puso en la entrepierna. Ivan seguía al pie de la letra todo lo que ella le ordenaba con una voz dulce.
Él le dijo: me gustas. Ella paró sus movimientos de pelvis, su mirada cambió y sus dientes ya no mordían sus labios. Se quedó mirándolo por largos segundos mientras se bajaba el cierre de sus pequeños pantaloncillos.
Ya es suficiente
Rosella se miró en el espejo. El rímel se le había caído y sus labios ya no estaban pintados de rojo. Sus ojos lucían amarillentos al igual que sus dientes.
Estaba ojerosa y su piel se veía cansada, cansada de lo mismo, de la vida nocturna que llevaba, de las sonrisas fingidas, de su adicción al tabaco.
Ese día, Rosella decidió abandonar esa vida. Sabía que ya era suficiente.
Pero muchas veces había dicho lo mismo. Muchas veces había jurado por sus dos hijos empezar de nuevo,
muchas veces había llegado a su límite, lo había pasado y luego se había arrepentido.
¿Por qué esta vez sería diferente?
Estaba ojerosa y su piel se veía cansada, cansada de lo mismo, de la vida nocturna que llevaba, de las sonrisas fingidas, de su adicción al tabaco.
Ese día, Rosella decidió abandonar esa vida. Sabía que ya era suficiente.
Pero muchas veces había dicho lo mismo. Muchas veces había jurado por sus dos hijos empezar de nuevo,
muchas veces había llegado a su límite, lo había pasado y luego se había arrepentido.
¿Por qué esta vez sería diferente?
viernes, 22 de junio de 2012
Mientras el café se enfriaba
Augusto tenía 19 años y estaba en su segundo año de comunicaciones. Le gustaba su carrera, pero tenía en claro que la madurez, la responsabilidad y la seriedad no iban con su personalidad.
Cuando despertaba, luego de escuchar algunas canciones de sus grupos de rock favoritos, pasaba por una gran ventana camino hacia la cocina, donde su abuela lo esperaba para desayunar.
Esta ventana era común y corriente. La acompañaban unas cortinas pálidas y blanquecinas que contribuían a una óptima exposición de la luz. La sala era triste y monótona cuando la ventana era obstruída por las pesadas telas blancas. Pero cuando no, la habitación cobraba vida y alegraba a Augusto por las mañanas.
Él pasaba varios minutos de su día mirando a través de ella. Vivía al frente de una avenida. Le gustaba el movimiento que había en aquel lugar tan transitado, pero maldecía el ruido que lo desesperaba en época de exámenes.
Pero había algo más que le gustaba de esa avenida. Todas las mañanas pasaba una chica muy pequeña. Era diferente a los demás transeúntes. Ella no corría, no gritaba, no hablaba por teléfono, no sucumbía ante la agitada vida limeña. Solo caminaba. A veces veía su reloj, a veces se acomodaba la mochila. Pero, normalmente, solo caminaba.
No sabía cuál era su destino, pero disfrutaba imaginando varias posibilidades.
Augusto veía su reloj desde que su figura femenina se dejaba ver en la lejanía. Luego, le daba otra ojeada cuando su caminar pausado se perdía entre una callesita donde un volkswagen negro siempre estaba estacionado. Le tomaba entre dos y tres minutos el recorrido. A veces más cuando el semáforo la cogía en verde. Augusto disfrutaba controlarla.
Muchas veces, Augusto anticipaba sus movimientos. Algunas noches soñaba que le hablaba, que la tocaba, que el olor de sus cabellos negros se quedaban impregnados en sus polos de bandas. Despertaba y los olía, pero el olor ya no estaba.
Todos los días la veía a la misma hora: ocho y treinta en punto pasaba por ahí. Si se demoraba un poco, Augusto cerraba los ojos y trataba de adivinar el instante enhfuría.
Un viernes, Augusto salió a la misma hora. Ella no aparecía. Cerró los ojos varias veces para sorprenderse al verla nuevamente caminar. Cuando cerró por quinta vez los ojos, ella apareció. Él sonrió aliviado y miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y cinco.
Ahora, ella caminaba más rápido y parecía que cantase una canción por el movimiento de sus labios y el compás de sus pasos. Lucía diferente.
Un toyota azul paró al frente de ella. Un hombre de unos veinticinco años bajó de él. Era alto y buen mozo. Abrazó a la chica de tierno caminar y luego le dio un beso que duró un par de segundos. Ella subió. El carro arrancó.
Augusto miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y siete. Odiaba a ese hombre que había arrebatado a la niña tierna que veía caminar y también a ella por fijarse en alguien tan simple como el dueño de ese toyota, tan común.
La abuela de Augusto lo llamó y le dijo que su café se enfriaba. Él cerró las cortinas y se dirigió a la cocina.
Cuando despertaba, luego de escuchar algunas canciones de sus grupos de rock favoritos, pasaba por una gran ventana camino hacia la cocina, donde su abuela lo esperaba para desayunar.
Esta ventana era común y corriente. La acompañaban unas cortinas pálidas y blanquecinas que contribuían a una óptima exposición de la luz. La sala era triste y monótona cuando la ventana era obstruída por las pesadas telas blancas. Pero cuando no, la habitación cobraba vida y alegraba a Augusto por las mañanas.
Él pasaba varios minutos de su día mirando a través de ella. Vivía al frente de una avenida. Le gustaba el movimiento que había en aquel lugar tan transitado, pero maldecía el ruido que lo desesperaba en época de exámenes.
Pero había algo más que le gustaba de esa avenida. Todas las mañanas pasaba una chica muy pequeña. Era diferente a los demás transeúntes. Ella no corría, no gritaba, no hablaba por teléfono, no sucumbía ante la agitada vida limeña. Solo caminaba. A veces veía su reloj, a veces se acomodaba la mochila. Pero, normalmente, solo caminaba.
No sabía cuál era su destino, pero disfrutaba imaginando varias posibilidades.
Augusto veía su reloj desde que su figura femenina se dejaba ver en la lejanía. Luego, le daba otra ojeada cuando su caminar pausado se perdía entre una callesita donde un volkswagen negro siempre estaba estacionado. Le tomaba entre dos y tres minutos el recorrido. A veces más cuando el semáforo la cogía en verde. Augusto disfrutaba controlarla.
Muchas veces, Augusto anticipaba sus movimientos. Algunas noches soñaba que le hablaba, que la tocaba, que el olor de sus cabellos negros se quedaban impregnados en sus polos de bandas. Despertaba y los olía, pero el olor ya no estaba.
Todos los días la veía a la misma hora: ocho y treinta en punto pasaba por ahí. Si se demoraba un poco, Augusto cerraba los ojos y trataba de adivinar el instante enhfuría.
Un viernes, Augusto salió a la misma hora. Ella no aparecía. Cerró los ojos varias veces para sorprenderse al verla nuevamente caminar. Cuando cerró por quinta vez los ojos, ella apareció. Él sonrió aliviado y miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y cinco.
Ahora, ella caminaba más rápido y parecía que cantase una canción por el movimiento de sus labios y el compás de sus pasos. Lucía diferente.
Un toyota azul paró al frente de ella. Un hombre de unos veinticinco años bajó de él. Era alto y buen mozo. Abrazó a la chica de tierno caminar y luego le dio un beso que duró un par de segundos. Ella subió. El carro arrancó.
Augusto miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y siete. Odiaba a ese hombre que había arrebatado a la niña tierna que veía caminar y también a ella por fijarse en alguien tan simple como el dueño de ese toyota, tan común.
La abuela de Augusto lo llamó y le dijo que su café se enfriaba. Él cerró las cortinas y se dirigió a la cocina.
miércoles, 20 de junio de 2012
¿qué es la felicidad?
La ex esposa de Julio, Mariana, había sufrido tres abortos naturales en menos de dos años. Parecía que la dificultad que tenían para dar vida era semejante a los problemas que habían en la relación.
Un miércoles de enero, Mariana lo abandonó. Le dejó una nota donde especificaba que no volviera a llamarla.
Desde ese día, Julio ya no era el mismo hombre. Sonreía una vez al mes y reía una vez cada cuatro meses. Su hermana trataba de consentirlo con caros regalos navideños y de cumpleaños. Sus buenos tratos no acababan ahí, le conseguía citas a ciegas con sus amigas del trabajo y amigas y primas de ellas. Él no las aceptaba, pero cuando le decía: "lo hago porque quiero verte feliz. Anda Julio, no pierdes nada yendo" aceptaba a regañadientes.
Nunca consiguió una relación gracias a las citas programadas por su hermana, pero por lo menos lo intentaba y eso lo hacía sentir mejor.
Un día, la hermana de Julio lo llamó llorando y riendo a la vez. Julio se sorprendió y le preguntó qué había pasado. Le dijo la noticia: "¡Voy a ser mamá, Julio!" Él la felicitó y le dijo que sería una gran madre y que Pablo era un buen hombre y juntos formarían una linda familia.
Colgaron y Julio lloró, pero no de felicidad y no sabía por qué. Quería saberlo, necesitaba saber la causa de tanta infelicidad. ¿Por qué esa llamada había desatado el desborde de esas lágrimas que ahora mojaban su camisa?
No era por Mariana, ya no la amaba. Miró por unos segundos el techo mientras se sobaba las manos casi asfixiándolas. De pronto, bajó la mirada y su boca se abrió: "Quiero ser padre"
Un miércoles de enero, Mariana lo abandonó. Le dejó una nota donde especificaba que no volviera a llamarla.
Desde ese día, Julio ya no era el mismo hombre. Sonreía una vez al mes y reía una vez cada cuatro meses. Su hermana trataba de consentirlo con caros regalos navideños y de cumpleaños. Sus buenos tratos no acababan ahí, le conseguía citas a ciegas con sus amigas del trabajo y amigas y primas de ellas. Él no las aceptaba, pero cuando le decía: "lo hago porque quiero verte feliz. Anda Julio, no pierdes nada yendo" aceptaba a regañadientes.
Nunca consiguió una relación gracias a las citas programadas por su hermana, pero por lo menos lo intentaba y eso lo hacía sentir mejor.
Un día, la hermana de Julio lo llamó llorando y riendo a la vez. Julio se sorprendió y le preguntó qué había pasado. Le dijo la noticia: "¡Voy a ser mamá, Julio!" Él la felicitó y le dijo que sería una gran madre y que Pablo era un buen hombre y juntos formarían una linda familia.
Colgaron y Julio lloró, pero no de felicidad y no sabía por qué. Quería saberlo, necesitaba saber la causa de tanta infelicidad. ¿Por qué esa llamada había desatado el desborde de esas lágrimas que ahora mojaban su camisa?
No era por Mariana, ya no la amaba. Miró por unos segundos el techo mientras se sobaba las manos casi asfixiándolas. De pronto, bajó la mirada y su boca se abrió: "Quiero ser padre"
martes, 19 de junio de 2012
Cuando Emilio voló
A Emilio le gustaba soñar. Decía que era un don que Dios le había dado para lograr hacer lo que en este mundo no se podía. Le gustaba llegar al colegio y compartir sus experiencias con sus compañeros. Todos se divertían oyendo a Emilio y sus aventuras increíbles.
Una vez soñó que volaba sobre la casa de su abuela, iba a Mc Donald's y se compraba dos helados. Él creía que uno era para él y otro para su abuela como agradecimiento por permitirle volar por encima de sus olivos, de su mecedora de roble favorita y de su heredado juego de té de porcelana.
Cuando estaba muy alto, su pelo se sacudía y su corazón palpitaba tan fuerte como las campanas de las iglesias de provincia. Se pasó la casa de su abuela, se pasó su casa y el sueño no acababa.
Divisó un punto a lo lejos que se movía lentamente. Era una niña. Ya no volaba, ahora simplemente era llevado por el viento de otoño. Era una hoja más que sucumbía ante la fuerza de los aires.
Cada vez se acercaba más. Ella era diminuta, con pelo castaño y ondulado. Llegaba hasta él, el rocío de su pelo: un olor a durazno fresco. Necesitaba saber quién era ese personaje tan adorable.
Llegó hasta ella, le cogió el hombro.
"Es hora de ir al colegio, mi amor" dijo su mamá. Era otro lunes de colegio en medio de un invierno tan crudo como una liebre en manos de su cazador. Emilio le mandó una mirada asesina. Nunca le perdonó el haber interrumpido tremendo descubrimiento. Ese día intentó volar otra vez y encontrarla, pero no lo logró.
Una vez soñó que volaba sobre la casa de su abuela, iba a Mc Donald's y se compraba dos helados. Él creía que uno era para él y otro para su abuela como agradecimiento por permitirle volar por encima de sus olivos, de su mecedora de roble favorita y de su heredado juego de té de porcelana.
Cuando estaba muy alto, su pelo se sacudía y su corazón palpitaba tan fuerte como las campanas de las iglesias de provincia. Se pasó la casa de su abuela, se pasó su casa y el sueño no acababa.
Divisó un punto a lo lejos que se movía lentamente. Era una niña. Ya no volaba, ahora simplemente era llevado por el viento de otoño. Era una hoja más que sucumbía ante la fuerza de los aires.
Cada vez se acercaba más. Ella era diminuta, con pelo castaño y ondulado. Llegaba hasta él, el rocío de su pelo: un olor a durazno fresco. Necesitaba saber quién era ese personaje tan adorable.
Llegó hasta ella, le cogió el hombro.
"Es hora de ir al colegio, mi amor" dijo su mamá. Era otro lunes de colegio en medio de un invierno tan crudo como una liebre en manos de su cazador. Emilio le mandó una mirada asesina. Nunca le perdonó el haber interrumpido tremendo descubrimiento. Ese día intentó volar otra vez y encontrarla, pero no lo logró.
Pretexto para ligar
"Hay demasiado ruido. No se puede mantener una conversación" decía Roxana. A ella nunca le gustaron las fiestas, le parecían un pretexto para ligar al son de una canción. Pensaba que debíamos ser un poco más originales, decirlo cara a cara.
Cuando Pedro le dijo que celebraría su cumpleaños el viernes, ella dudó su respuesta. Pedro era su mejor amigo desde el nido. Sabía su mayor miedo, lo que le daba vergüenza, su primer amor, los nombres de sus abuelos y su color favorito. Roxana le dijo que sí y Pedro no dijo nada. Estaba anonadado. No le creyó.
El día de la fiesta, Roxana apareció con un vestido azul marino que su mamá le había regalado hace dos navidades y que todavía no había podido estrenar. Pedro la vio y la abrazó. Le dijo que estaba hermosa y que la espera había valido la pena. La cogió de la mano y la llevó a la pista de baile. "Esta es mi canción favorita. No hay otra persona con la que me gustaría bailarla" Las luces se volvieron cada vez más tenues y los ojos de Pedro cada vez más brillantes. Él la besó como nunca la habían besado y ella juró, desde ese día, ir a todas las fiestas que la inviten.
Cuando Pedro le dijo que celebraría su cumpleaños el viernes, ella dudó su respuesta. Pedro era su mejor amigo desde el nido. Sabía su mayor miedo, lo que le daba vergüenza, su primer amor, los nombres de sus abuelos y su color favorito. Roxana le dijo que sí y Pedro no dijo nada. Estaba anonadado. No le creyó.
El día de la fiesta, Roxana apareció con un vestido azul marino que su mamá le había regalado hace dos navidades y que todavía no había podido estrenar. Pedro la vio y la abrazó. Le dijo que estaba hermosa y que la espera había valido la pena. La cogió de la mano y la llevó a la pista de baile. "Esta es mi canción favorita. No hay otra persona con la que me gustaría bailarla" Las luces se volvieron cada vez más tenues y los ojos de Pedro cada vez más brillantes. Él la besó como nunca la habían besado y ella juró, desde ese día, ir a todas las fiestas que la inviten.
lunes, 18 de junio de 2012
Malditas consecuencias, decía ella
Carla prefería usar su cerebro antes que su corazón. Ansiaba el amor, pero maldecía sus consecuencias.
Prejuicios
Tengo prejuicios con las personas que arrastran los pies, que no dicen gracias cuando bajan del micro, que escuchan reik y camila, que te miran la boca cuando les hablas, que no te miran al hablar, que cantan en voz alta cuando usan audífonos, que usan demasiado perfume, que no usan nada de perfume, que van a aura o gótica, que tienen el don por contagiar su negativismo, que se miran mucho al espejo, que nunca van directo al punto, que tienen blackberry, que no dicen lisuras, que tienen dientes muy chiquitos, que los tienen muy grandes, que tienen un blog y escriben con el objetivo de que una persona lea ese post. Mi objetivo eres tú.
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