Rosella se miró en el espejo. El rímel se le había caído y sus labios ya no estaban pintados de rojo. Sus ojos lucían amarillentos al igual que sus dientes.
Estaba ojerosa y su piel se veía cansada, cansada de lo mismo, de la vida nocturna que llevaba, de las sonrisas fingidas, de su adicción al tabaco.
Ese día, Rosella decidió abandonar esa vida. Sabía que ya era suficiente.
Pero muchas veces había dicho lo mismo. Muchas veces había jurado por sus dos hijos empezar de nuevo,
muchas veces había llegado a su límite, lo había pasado y luego se había arrepentido.
¿Por qué esta vez sería diferente?
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