martes, 19 de junio de 2012

Cuando Emilio voló

A Emilio le gustaba soñar. Decía que era un don que Dios le había dado para lograr hacer lo que en este mundo no se podía. Le gustaba llegar al colegio y compartir sus experiencias con sus compañeros. Todos se divertían oyendo a Emilio y sus aventuras increíbles.

Una vez soñó que volaba sobre la casa de su abuela, iba a Mc Donald's y se compraba dos helados. Él creía que uno era para él y otro para su abuela como agradecimiento por permitirle volar por encima de sus olivos, de su mecedora de roble favorita y de su heredado juego de té de porcelana.

Cuando estaba muy alto, su pelo se sacudía y su corazón palpitaba tan fuerte como las campanas de las iglesias de provincia. Se pasó la casa de su abuela, se pasó su casa y el sueño no acababa.
Divisó un punto a lo lejos que se movía lentamente. Era una niña. Ya no volaba, ahora simplemente era llevado por el viento de otoño. Era una hoja más que sucumbía ante la fuerza de los aires.

Cada vez se acercaba más. Ella era diminuta, con pelo castaño y ondulado. Llegaba hasta él, el rocío de su pelo: un olor a durazno fresco. Necesitaba saber quién era ese personaje tan adorable.
Llegó hasta ella, le cogió el hombro.
"Es hora de ir al colegio, mi amor" dijo su mamá. Era otro lunes de colegio en medio de un invierno tan crudo como una liebre en manos de su cazador. Emilio le mandó una mirada asesina. Nunca le perdonó el haber interrumpido tremendo descubrimiento. Ese día intentó volar otra vez y encontrarla, pero no lo logró.

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