viernes, 22 de junio de 2012

Mientras el café se enfriaba

Augusto tenía 19 años y estaba en su segundo año de comunicaciones. Le gustaba su carrera, pero tenía en claro que la madurez, la responsabilidad y la seriedad no iban con su personalidad.

Cuando despertaba, luego de escuchar algunas canciones de sus grupos de rock favoritos, pasaba por una gran ventana camino hacia la cocina, donde su abuela lo esperaba para desayunar.

Esta ventana era común y corriente. La acompañaban unas cortinas pálidas y blanquecinas que contribuían a una óptima exposición de la luz. La sala era triste y monótona cuando la ventana era obstruída por las pesadas telas blancas. Pero cuando no, la habitación cobraba vida y alegraba a Augusto por las mañanas.

Él pasaba varios minutos de su día mirando a través de ella. Vivía al frente de una avenida. Le gustaba el movimiento que había en aquel lugar tan transitado, pero maldecía el ruido que lo desesperaba en época de exámenes.

Pero había algo más que le gustaba de esa avenida. Todas las mañanas pasaba una chica muy pequeña. Era diferente a los demás transeúntes. Ella no corría, no gritaba, no hablaba por teléfono, no sucumbía ante la agitada vida limeña. Solo caminaba. A veces veía su reloj, a veces se acomodaba la mochila. Pero, normalmente, solo caminaba.
No sabía cuál era su destino, pero disfrutaba imaginando varias posibilidades.

Augusto veía su reloj desde que su figura femenina se dejaba ver en la lejanía. Luego, le daba otra ojeada cuando su caminar pausado se perdía entre una callesita donde un volkswagen negro siempre estaba estacionado. Le tomaba entre dos y tres minutos el recorrido. A veces más cuando el semáforo la cogía en verde. Augusto disfrutaba controlarla.

Muchas veces, Augusto anticipaba sus movimientos. Algunas noches soñaba que le hablaba, que la tocaba, que el olor de sus cabellos negros se quedaban impregnados en sus polos de bandas. Despertaba y los olía, pero el olor ya no estaba.
Todos los días la veía a la misma hora: ocho y treinta en punto pasaba por ahí. Si se demoraba un poco, Augusto cerraba los ojos y trataba de adivinar el instante enhfuría.

Un viernes, Augusto salió a la misma hora. Ella no aparecía. Cerró los ojos varias veces para sorprenderse al verla nuevamente caminar. Cuando cerró por quinta vez los ojos, ella apareció. Él sonrió aliviado y miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y cinco.
Ahora, ella caminaba más rápido y parecía que cantase una canción por el movimiento de sus labios y el compás de sus pasos. Lucía diferente.
Un toyota azul paró al frente de ella. Un hombre de unos veinticinco años bajó de él. Era alto y buen mozo. Abrazó a la chica de tierno caminar y luego le dio un beso que duró un par de segundos. Ella subió. El carro arrancó.
Augusto miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y siete. Odiaba a ese hombre que había arrebatado a la niña tierna que veía caminar y también a ella por fijarse en alguien tan simple como el dueño de ese toyota, tan común.

La abuela de Augusto lo llamó y le dijo que su café se enfriaba. Él cerró las cortinas y se dirigió a la cocina.


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