La ex esposa de Julio, Mariana, había sufrido tres abortos naturales en menos de dos años. Parecía que la dificultad que tenían para dar vida era semejante a los problemas que habían en la relación.
Un miércoles de enero, Mariana lo abandonó. Le dejó una nota donde especificaba que no volviera a llamarla.
Desde ese día, Julio ya no era el mismo hombre. Sonreía una vez al mes y reía una vez cada cuatro meses. Su hermana trataba de consentirlo con caros regalos navideños y de cumpleaños. Sus buenos tratos no acababan ahí, le conseguía citas a ciegas con sus amigas del trabajo y amigas y primas de ellas. Él no las aceptaba, pero cuando le decía: "lo hago porque quiero verte feliz. Anda Julio, no pierdes nada yendo" aceptaba a regañadientes.
Nunca consiguió una relación gracias a las citas programadas por su hermana, pero por lo menos lo intentaba y eso lo hacía sentir mejor.
Un día, la hermana de Julio lo llamó llorando y riendo a la vez. Julio se sorprendió y le preguntó qué había pasado. Le dijo la noticia: "¡Voy a ser mamá, Julio!" Él la felicitó y le dijo que sería una gran madre y que Pablo era un buen hombre y juntos formarían una linda familia.
Colgaron y Julio lloró, pero no de felicidad y no sabía por qué. Quería saberlo, necesitaba saber la causa de tanta infelicidad. ¿Por qué esa llamada había desatado el desborde de esas lágrimas que ahora mojaban su camisa?
No era por Mariana, ya no la amaba. Miró por unos segundos el techo mientras se sobaba las manos casi asfixiándolas. De pronto, bajó la mirada y su boca se abrió: "Quiero ser padre"
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