domingo, 5 de agosto de 2012

Mis amigas

Hoy Lucía estaba con ellas. No las veía hace tiempo y las había extrañado. Hacía mucho que no escuchaba sus voces, sus risas, sus bromas.

Ellas habían formado parte de su infancia y se habían prometido seguir formando parte por el resto de sus vidas.
Esa noche se burlaron de los días en que juraban que vivirían juntas al fiel estilo de 'friends', de que sus hijos también serían amigos y quizás en algún momento novios.
Es muy divertido soñar pensaron.

Esa noche, Lucía se dio cuenta que los temas de conversación habían cambiado, también los intereses y el pensamiento de varias de ellas. Sabía que ya eran grandes y quizás no buscaban lo mismo en la vida, pero sabía también que gracias a ellas era como era y nunca podría terminar de agradecerselos.
Por eso, esa noche se dedicó a abrazarlas y recordarles lo buenas amigas que habían sido con ella.

En la madrugada luego de dejar de lado el tema del sexo, se prometieron repetir el evento.

miércoles, 25 de julio de 2012

Diferente

Él era muy chiquito. Tenía solo siete años, unos cachetes regordetes y una mirada tan dulce y calma como ningún niño de su edad. Cuando sus tíos iban a visitar a sus papás, le preguntaban: Luchito, qué quieres ser de grande?
Él les respondía: ya soy grande, pero sí seré adulto algún día. Me gustaría ser veterinario.

Luis era el menor de cuantro hermanos: dos mujeres y dos hombres. Siempre había sido el más callado, el más sensible y el menos parecido físicamente a sus hermanos. Todos eran delgados, de extremidades largas y aspecto europeo. Él era todo lo opuesto.
Luis no era tonto y se daba cuenta de lo que pasaba, de las diferencias. Se veía diferente y se sentía diferente.
Él era tomado como un niño que todavía no tenía la edad suficiente para dar una buena opinión.
Luis escuchaba los problemas de los mayores a escondidas y trataba de intervenir, pero no le prestaban mucha atención a lo que tenía para decir. Se hacían los sordos, lo mandaban a callar o a su cuarto.

Él se había convertido en todo un observador. Descifraba cada movimiento, cada gesto de su familia. Había visto que su mamá hablaba con sus hermanos muchas veces con los ojos llorosos. Sabía que ella estaba sufriendo y que poco a poco se estaba convirtiendo en un muerto viviente; sus ojos ya no reflejaban la dulzura que los caracterizaba desde su juventud.
Constantemente, conversaba con sus hermanos y esta vez no era la excepción. Su mamá les explicaba con mucho detenimiento que su papá estaba muy serio y desganado un día y al otro era muy atento y cariñoso. Con la mirada perdida en sus manos femeninas y pálidas como la mayor parte de su cuerpo, les explicaba lo difícil que era su situación. Ella dijo que sentía que él ya no la amaba y que había algo que no le estaba contando. Estaba devastada y Luis solo quería abrazarla y decirle que todo estaría bien, que papá no la dejaría por esa nueva mujer. Luis estaba apunto de intervenir en el monólogo y cachetear a sus hermanos que no le estaban prestando la atención que su mamá merecía.
Luis sabía el por qué del comportamiento de su papá. Varias noches, lo había escuchado hablar con una mujer a la que le decía "mi amor" No lo veía feliz desde hace mucho tiempo así que decidió mantenerlo en secreto

Esa vez, Luchito también quiso intervenir en la situación, pero el hermano mayor de los cuatro lo mandó a callar y su mamá con un gesto de desaprobación le dijo: anda a dormir. Mañana tienes que ir al colegio temprano.
Luis obedeció. Les dijo buenas noches y se fue ,cerrando su puerta atrás de él.

martes, 17 de julio de 2012

Los gritos desde la sala

Pablo seguía en la misma canción. Su guitarra estaba desafinada y muy sucia. Los stickers, que ocupaban un lugar importante en esa madera ruidosa ya no estaban ahí y habían dejado un rastro poco armonioso. Él no se daba cuenta de eso, de su cuarto desordenado y de la cerveza que había regado hace unas horas en el piso y que ya estaba dejando huella en él.
Pablo no podía dejar de lado la canción. Por momentos la melodía se alejaba y él la perseguía, la agarraba con sus manos huesudas y la introducía otra vez en su mente.

Los ruidos que se escuchaban en la sala ahora eran más fuertes, como gritos, como lamentos. Pablo cogió su guitarra con tanta fuerza que las palmas de sus manos ahora eran de un color amarillento, hacían juego con sus ojos y dientes. Pablo tocaba más fuerte; sus uñas casi arañaban las cuerdas. Uñas que demostraban lo difícil que la estaba pasando. No se bañaba hace tres días y solo se había cambiado de polo una vez esa semana.
Dos cuerdas se rompieron. Él las miró con una cara feroz. Su mirada era tan fuerte que parecía que solo con la rabia que desbordaba, había logrado romper esas dos cuerdas.

Ahora, Pablo podía escuchar el llanto de su madre. Gritaba y le suplicaba a alguien que pare, que deje de hacer lo que estaba haciendo. La voz de un hombre fornido - Pablo asimiló que era el nuevo novio de ella - la mandaba a callar. A Pablo nunca le dio buena espina ese hombre. Sabía que las elecciones de su mamá no eran las mejores, pero sabía, también, que ella no se merecía eso.
Pablo se paró mientras apretaba fuertemente los puños. Abrió la puerta tan rápido que el aire que creó el movimiento lo despeinó. Gritó muy fuerte: ¡Ya basta, conchatumadre. Déjala! y se acercó torpemente, pero rápido y seguro hacia el hombre que sujetaba a su mamá de los pelos.

martes, 10 de julio de 2012

Mi princesa

Ella amaba lo que había sido hasta hace unos años. Ahora, él estaba viejo, a veces no recordaba su nombre, ya no reía ni hacía chistes, tampoco lloraba. Cuando su esposa falleció, a él no le importó. Su frágil mente había borrado cualquier pista que señalaba el amor que se habían tenido por casi cincuenta años.

Para Lucía, su abuelo se había vuelto un extraño. Cada cierto tiempo, mientras la enfermera lo sentaba a la ventana y él veía detenidamente el movimiento de las personas y de los carros; ella recordaba los tiempos en los que él la cargaba y la besaba. Le decía que era su princesa y que llegaría muy lejos.
Lucía era ahora una reconocida abogada. Tenía dos hijos y un divorcio en proceso.

Como cada domingo, ella había ido a ver a su abuelo. Él no le prestaba atención y ella organizaba sus libros y sus escritos. La enfermera fue al baño. Su abuelo seguía con la mirada perdida. Recordó que siempre le habían gustado los ojos verdes de él. Ahora, eran más oscuros y menos lúcidos. Recordó el juego que tenían de mirarse con los ojos bien abiertos hasta que uno se ría o los cierre y pierda. Recordó que ella siempre perdía. En venganza, le hacía cosquillas a su abuelo.

Voltió a verlo. Se acercó. Lo miró otra vez. Esta vez, él la miraba también. Ella se acercó lentamente y con una sonrisa tan natural que parecía fingida. Le dio un beso. Él con una expresión tierna y de niño le dijo: ¿hoy quieres perder otra vez, mi princesa?

lunes, 9 de julio de 2012

Ojos cafés

Como todos los domingos por la mañana, él había vuelto de la panadería que quedaba al frente de su casa con unos tamales, panes y algunos postres de chocolate. A ella le gustaba el chocolate y a él le gustaba la manera en que lo disfrutaba. Le gustaba su pelo largo y ondulado, su vientre plano y curvilíneo que servía de gran acompañante a sus caderas redondeadas y estrafalarias.
Ella tenía unos ojos café intensos y unos labios gruesos que te decían: muérdenos. Había llegado a amarla y a obviar sus defectos. Para él, era perfecta. Le gustaba su forma de bailar y la manera en que se cogía el pelo mientras leía algún libro de Carver o de Salinger. 

Cuando llegó, ella veía las noticias. Él había llegado de Trujillo hace un día y la había extrañado como nunca lo había hecho. Porque este viaje había sido el más largo. Y porque una noche, en el bar, sonó el grupo favorito de ella y él cantó muy alto y se imagino a su amada al lado suyo. La había extrañado, pero no se lo había dicho.

Ella lo miró y le dijo con una voz ronca y una mirada perdida que ya no lo amaba. Le dijo: siento que el hombre del que me enamoré se ha quedado a vivir en Trujillo. Ya no te reconozco. Ya no eres nadie. 
Él vio sus piernas más largas, sus pechos más grandes. Cuando se detuvo a ver su cara, su mirada estaba distinta. No se había dado cuenta que entre viajes y viajes, ella ya no lo miraba de la misma manera. Antes de apagar la luz por las noches, ya no se decían nada.
Sus ojos cafés ya no lo amaban. Drexler

domingo, 1 de julio de 2012

Llovizna en Barranco

Ricardo subió al micro. No miró a nadie, no saludó a nadie, solo subió. Prefirió estar parado durante la travesía ya que así bajaría más rápido cuando llegue a su destino. 
Era uno de esos días de invierno en los que Barranco se ve hermoso con sus árboles deshojados y sus cielos grises. Ricardo estaba usando su polera de pijama y un jean y converse que encontró tiradas por ahí. 
Cada cierto tiempo se agachaba para ver su locación por la ventana. No se había dado cuenta pero había estado apretando fuertemente con sus manos peludas el sobre para Camila. Su Camila. 

No la veía hace mucho. Hace quince meses se había ido a Madrid a terminar sus estudios de filosofía. Lo único que le quedaba de ella era un calzón rojo que olvidó en su casa un día, sus sombras negras favoritas y su sonrisa que habitaba las paredes, la laptop y los escritorios de la casa de Ricardo. Él la quería mucho. La recordaba varias veces durante el día, la llamaba, le escribía, le cantaba, la adoraba. 

En ese sobre estaba la nueva noticia de Ricardo: había logrado juntar la plata para ir a visitarla en las vacaciones de mitad de año. Ya había comprado el pasaje. Junto a los cientos de palabras, había una foto de él. No sabía cómo se tomaría Camila su nuevo look. Había optado por la barba y el bigote, negros como sus cabellos. Ella siempre había hecho mofa del estilo árabe de Ricardo y sabía que su barba no sería la excepción. Sabía que ella lo llamaría a penas termine de leer esa carta y lo primero que diría sería algún apodo que tenga que ver con sus raíces de medio oriente. 

El cobrador gritó: ¿quién baja en el parque? Ricardo dijo: bajo. Caminó unos pasos, bajó del micro y se dio cuenta que estaba lloviznando. Se puso la capucha de su polera de pijama y cruzó la pista.

domingo, 24 de junio de 2012

No me gustan los tacones

"Por qué no eres más femenina?" eran las palabras que iban y venían en la cabeza de Andrea, pregunta que había dicho su mamá, pregunta que no podía responder.

Andrea salió de su casa golpeando la puerta con mucha fuerza. Su mamá le gritó algo, pero ella hizo como si no hubiera escuchado.
Caminó hacia el parque que estaba a la vuelta de su casa y que muchas veces le había servido para desahogarse, para pensar. Prendió un cigarro. Vió a una pareja besándose en una banca y envidió su felicidad. Siguió caminando.

Andrea no sabía por qué sus mejores amigos eran hombres, por qué repudiaba las faldas y los tacones y por qué desde pequeña había disfrutado más jugar con carritos que con muñecas.
Su mamá no la entendía y ella tampoco se entendía a sí misma.
Vio dos palomas volando muy cerca a un niño. Él saltó tratando de coger alguna, pero no pudo. Muy pronto, se olvidó de esas aves plomizas y cogió su pequeño scooter. Era un niño muy bonito de esos que salen en los catálogos de ropa. Tendría como unos siete años y se veía que era un niño feliz. Su nana lo llamó por su nombre. Se llamaba Luca. Sus enormes y tiernos ojos voltearon a ver a su nana.
Andrea prendió otro cigarro y el niño volteó a verla. Ella le sonrió y él la saludó mientras se alejaba de la mano de su nana.

Por unos segundos, Andrea se había olvidado de su personalidad poco femenina. Aspiró la primera bocanada de humo de su segundo cigarro y recordó lentamente por qué estaba sentada en esa banca con los ojos llorosos.