Hoy Lucía estaba con ellas. No las veía hace tiempo y las había extrañado. Hacía mucho que no escuchaba sus voces, sus risas, sus bromas.
Ellas habían formado parte de su infancia y se habían prometido seguir formando parte por el resto de sus vidas.
Esa noche se burlaron de los días en que juraban que vivirían juntas al fiel estilo de 'friends', de que sus hijos también serían amigos y quizás en algún momento novios.
Es muy divertido soñar pensaron.
Esa noche, Lucía se dio cuenta que los temas de conversación habían cambiado, también los intereses y el pensamiento de varias de ellas. Sabía que ya eran grandes y quizás no buscaban lo mismo en la vida, pero sabía también que gracias a ellas era como era y nunca podría terminar de agradecerselos.
Por eso, esa noche se dedicó a abrazarlas y recordarles lo buenas amigas que habían sido con ella.
En la madrugada luego de dejar de lado el tema del sexo, se prometieron repetir el evento.
domingo, 5 de agosto de 2012
miércoles, 25 de julio de 2012
Diferente
Él era muy chiquito. Tenía solo siete años, unos cachetes regordetes y una mirada tan dulce y calma como ningún niño de su edad. Cuando sus tíos iban a visitar a sus papás, le preguntaban: Luchito, qué quieres ser de grande?
Él les respondía: ya soy grande, pero sí seré adulto algún día. Me gustaría ser veterinario.
Luis era el menor de cuantro hermanos: dos mujeres y dos hombres. Siempre había sido el más callado, el más sensible y el menos parecido físicamente a sus hermanos. Todos eran delgados, de extremidades largas y aspecto europeo. Él era todo lo opuesto.
Luis no era tonto y se daba cuenta de lo que pasaba, de las diferencias. Se veía diferente y se sentía diferente.
Él era tomado como un niño que todavía no tenía la edad suficiente para dar una buena opinión.
Luis escuchaba los problemas de los mayores a escondidas y trataba de intervenir, pero no le prestaban mucha atención a lo que tenía para decir. Se hacían los sordos, lo mandaban a callar o a su cuarto.
Él se había convertido en todo un observador. Descifraba cada movimiento, cada gesto de su familia. Había visto que su mamá hablaba con sus hermanos muchas veces con los ojos llorosos. Sabía que ella estaba sufriendo y que poco a poco se estaba convirtiendo en un muerto viviente; sus ojos ya no reflejaban la dulzura que los caracterizaba desde su juventud.
Constantemente, conversaba con sus hermanos y esta vez no era la excepción. Su mamá les explicaba con mucho detenimiento que su papá estaba muy serio y desganado un día y al otro era muy atento y cariñoso. Con la mirada perdida en sus manos femeninas y pálidas como la mayor parte de su cuerpo, les explicaba lo difícil que era su situación. Ella dijo que sentía que él ya no la amaba y que había algo que no le estaba contando. Estaba devastada y Luis solo quería abrazarla y decirle que todo estaría bien, que papá no la dejaría por esa nueva mujer. Luis estaba apunto de intervenir en el monólogo y cachetear a sus hermanos que no le estaban prestando la atención que su mamá merecía.
Luis sabía el por qué del comportamiento de su papá. Varias noches, lo había escuchado hablar con una mujer a la que le decía "mi amor" No lo veía feliz desde hace mucho tiempo así que decidió mantenerlo en secreto
Esa vez, Luchito también quiso intervenir en la situación, pero el hermano mayor de los cuatro lo mandó a callar y su mamá con un gesto de desaprobación le dijo: anda a dormir. Mañana tienes que ir al colegio temprano.
Luis obedeció. Les dijo buenas noches y se fue ,cerrando su puerta atrás de él.
Él les respondía: ya soy grande, pero sí seré adulto algún día. Me gustaría ser veterinario.
Luis era el menor de cuantro hermanos: dos mujeres y dos hombres. Siempre había sido el más callado, el más sensible y el menos parecido físicamente a sus hermanos. Todos eran delgados, de extremidades largas y aspecto europeo. Él era todo lo opuesto.
Luis no era tonto y se daba cuenta de lo que pasaba, de las diferencias. Se veía diferente y se sentía diferente.
Él era tomado como un niño que todavía no tenía la edad suficiente para dar una buena opinión.
Luis escuchaba los problemas de los mayores a escondidas y trataba de intervenir, pero no le prestaban mucha atención a lo que tenía para decir. Se hacían los sordos, lo mandaban a callar o a su cuarto.
Él se había convertido en todo un observador. Descifraba cada movimiento, cada gesto de su familia. Había visto que su mamá hablaba con sus hermanos muchas veces con los ojos llorosos. Sabía que ella estaba sufriendo y que poco a poco se estaba convirtiendo en un muerto viviente; sus ojos ya no reflejaban la dulzura que los caracterizaba desde su juventud.
Constantemente, conversaba con sus hermanos y esta vez no era la excepción. Su mamá les explicaba con mucho detenimiento que su papá estaba muy serio y desganado un día y al otro era muy atento y cariñoso. Con la mirada perdida en sus manos femeninas y pálidas como la mayor parte de su cuerpo, les explicaba lo difícil que era su situación. Ella dijo que sentía que él ya no la amaba y que había algo que no le estaba contando. Estaba devastada y Luis solo quería abrazarla y decirle que todo estaría bien, que papá no la dejaría por esa nueva mujer. Luis estaba apunto de intervenir en el monólogo y cachetear a sus hermanos que no le estaban prestando la atención que su mamá merecía.
Luis sabía el por qué del comportamiento de su papá. Varias noches, lo había escuchado hablar con una mujer a la que le decía "mi amor" No lo veía feliz desde hace mucho tiempo así que decidió mantenerlo en secreto
Esa vez, Luchito también quiso intervenir en la situación, pero el hermano mayor de los cuatro lo mandó a callar y su mamá con un gesto de desaprobación le dijo: anda a dormir. Mañana tienes que ir al colegio temprano.
Luis obedeció. Les dijo buenas noches y se fue ,cerrando su puerta atrás de él.
martes, 17 de julio de 2012
Los gritos desde la sala
Pablo seguía en la misma canción. Su guitarra estaba desafinada y muy sucia. Los stickers, que ocupaban un lugar importante en esa madera ruidosa ya no estaban ahí y habían dejado un rastro poco armonioso. Él no se daba cuenta de eso, de su cuarto desordenado y de la cerveza que había regado hace unas horas en el piso y que ya estaba dejando huella en él.
Pablo no podía dejar de lado la canción. Por momentos la melodía se alejaba y él la perseguía, la agarraba con sus manos huesudas y la introducía otra vez en su mente.
Los ruidos que se escuchaban en la sala ahora eran más fuertes, como gritos, como lamentos. Pablo cogió su guitarra con tanta fuerza que las palmas de sus manos ahora eran de un color amarillento, hacían juego con sus ojos y dientes. Pablo tocaba más fuerte; sus uñas casi arañaban las cuerdas. Uñas que demostraban lo difícil que la estaba pasando. No se bañaba hace tres días y solo se había cambiado de polo una vez esa semana.
Dos cuerdas se rompieron. Él las miró con una cara feroz. Su mirada era tan fuerte que parecía que solo con la rabia que desbordaba, había logrado romper esas dos cuerdas.
Ahora, Pablo podía escuchar el llanto de su madre. Gritaba y le suplicaba a alguien que pare, que deje de hacer lo que estaba haciendo. La voz de un hombre fornido - Pablo asimiló que era el nuevo novio de ella - la mandaba a callar. A Pablo nunca le dio buena espina ese hombre. Sabía que las elecciones de su mamá no eran las mejores, pero sabía, también, que ella no se merecía eso.
Pablo se paró mientras apretaba fuertemente los puños. Abrió la puerta tan rápido que el aire que creó el movimiento lo despeinó. Gritó muy fuerte: ¡Ya basta, conchatumadre. Déjala! y se acercó torpemente, pero rápido y seguro hacia el hombre que sujetaba a su mamá de los pelos.
Pablo no podía dejar de lado la canción. Por momentos la melodía se alejaba y él la perseguía, la agarraba con sus manos huesudas y la introducía otra vez en su mente.
Los ruidos que se escuchaban en la sala ahora eran más fuertes, como gritos, como lamentos. Pablo cogió su guitarra con tanta fuerza que las palmas de sus manos ahora eran de un color amarillento, hacían juego con sus ojos y dientes. Pablo tocaba más fuerte; sus uñas casi arañaban las cuerdas. Uñas que demostraban lo difícil que la estaba pasando. No se bañaba hace tres días y solo se había cambiado de polo una vez esa semana.
Dos cuerdas se rompieron. Él las miró con una cara feroz. Su mirada era tan fuerte que parecía que solo con la rabia que desbordaba, había logrado romper esas dos cuerdas.
Ahora, Pablo podía escuchar el llanto de su madre. Gritaba y le suplicaba a alguien que pare, que deje de hacer lo que estaba haciendo. La voz de un hombre fornido - Pablo asimiló que era el nuevo novio de ella - la mandaba a callar. A Pablo nunca le dio buena espina ese hombre. Sabía que las elecciones de su mamá no eran las mejores, pero sabía, también, que ella no se merecía eso.
Pablo se paró mientras apretaba fuertemente los puños. Abrió la puerta tan rápido que el aire que creó el movimiento lo despeinó. Gritó muy fuerte: ¡Ya basta, conchatumadre. Déjala! y se acercó torpemente, pero rápido y seguro hacia el hombre que sujetaba a su mamá de los pelos.
martes, 10 de julio de 2012
Mi princesa
Ella amaba lo que había sido hasta hace unos años. Ahora, él estaba viejo, a veces no recordaba su nombre, ya no reía ni hacía chistes, tampoco lloraba. Cuando su esposa falleció, a él no le importó. Su frágil mente había borrado cualquier pista que señalaba el amor que se habían tenido por casi cincuenta años.
Para Lucía, su abuelo se había vuelto un extraño. Cada cierto tiempo, mientras la enfermera lo sentaba a la ventana y él veía detenidamente el movimiento de las personas y de los carros; ella recordaba los tiempos en los que él la cargaba y la besaba. Le decía que era su princesa y que llegaría muy lejos.
Lucía era ahora una reconocida abogada. Tenía dos hijos y un divorcio en proceso.
Como cada domingo, ella había ido a ver a su abuelo. Él no le prestaba atención y ella organizaba sus libros y sus escritos. La enfermera fue al baño. Su abuelo seguía con la mirada perdida. Recordó que siempre le habían gustado los ojos verdes de él. Ahora, eran más oscuros y menos lúcidos. Recordó el juego que tenían de mirarse con los ojos bien abiertos hasta que uno se ría o los cierre y pierda. Recordó que ella siempre perdía. En venganza, le hacía cosquillas a su abuelo.
Voltió a verlo. Se acercó. Lo miró otra vez. Esta vez, él la miraba también. Ella se acercó lentamente y con una sonrisa tan natural que parecía fingida. Le dio un beso. Él con una expresión tierna y de niño le dijo: ¿hoy quieres perder otra vez, mi princesa?
Para Lucía, su abuelo se había vuelto un extraño. Cada cierto tiempo, mientras la enfermera lo sentaba a la ventana y él veía detenidamente el movimiento de las personas y de los carros; ella recordaba los tiempos en los que él la cargaba y la besaba. Le decía que era su princesa y que llegaría muy lejos.
Lucía era ahora una reconocida abogada. Tenía dos hijos y un divorcio en proceso.
Como cada domingo, ella había ido a ver a su abuelo. Él no le prestaba atención y ella organizaba sus libros y sus escritos. La enfermera fue al baño. Su abuelo seguía con la mirada perdida. Recordó que siempre le habían gustado los ojos verdes de él. Ahora, eran más oscuros y menos lúcidos. Recordó el juego que tenían de mirarse con los ojos bien abiertos hasta que uno se ría o los cierre y pierda. Recordó que ella siempre perdía. En venganza, le hacía cosquillas a su abuelo.
Voltió a verlo. Se acercó. Lo miró otra vez. Esta vez, él la miraba también. Ella se acercó lentamente y con una sonrisa tan natural que parecía fingida. Le dio un beso. Él con una expresión tierna y de niño le dijo: ¿hoy quieres perder otra vez, mi princesa?
lunes, 9 de julio de 2012
Ojos cafés
Como todos los domingos por la mañana, él había vuelto de la panadería que quedaba al frente de su casa con unos tamales, panes y algunos postres de chocolate. A ella le gustaba el chocolate y a él le gustaba la manera en que lo disfrutaba. Le gustaba su pelo largo y ondulado, su vientre plano y curvilíneo que servía de gran acompañante a sus caderas redondeadas y estrafalarias.
Ella tenía unos ojos café intensos y unos labios gruesos que te decían: muérdenos. Había llegado a amarla y a obviar sus defectos. Para él, era perfecta. Le gustaba su forma de bailar y la manera en que se cogía el pelo mientras leía algún libro de Carver o de Salinger.
Cuando llegó, ella veía las noticias. Él había llegado de Trujillo hace un día y la había extrañado como nunca lo había hecho. Porque este viaje había sido el más largo. Y porque una noche, en el bar, sonó el grupo favorito de ella y él cantó muy alto y se imagino a su amada al lado suyo. La había extrañado, pero no se lo había dicho.
Ella lo miró y le dijo con una voz ronca y una mirada perdida que ya no lo amaba. Le dijo: siento que el hombre del que me enamoré se ha quedado a vivir en Trujillo. Ya no te reconozco. Ya no eres nadie.
Él vio sus piernas más largas, sus pechos más grandes. Cuando se detuvo a ver su cara, su mirada estaba distinta. No se había dado cuenta que entre viajes y viajes, ella ya no lo miraba de la misma manera. Antes de apagar la luz por las noches, ya no se decían nada.
Sus ojos cafés ya no lo amaban. Drexler
Sus ojos cafés ya no lo amaban. Drexler
domingo, 1 de julio de 2012
Llovizna en Barranco
Ricardo subió al micro. No miró a nadie, no saludó a nadie, solo subió. Prefirió estar parado durante la travesía ya que así bajaría más rápido cuando llegue a su destino.
Era uno de esos días de invierno en los que Barranco se ve hermoso con sus árboles deshojados y sus cielos grises. Ricardo estaba usando su polera de pijama y un jean y converse que encontró tiradas por ahí.
Cada cierto tiempo se agachaba para ver su locación por la ventana. No se había dado cuenta pero había estado apretando fuertemente con sus manos peludas el sobre para Camila. Su Camila.
No la veía hace mucho. Hace quince meses se había ido a Madrid a terminar sus estudios de filosofía. Lo único que le quedaba de ella era un calzón rojo que olvidó en su casa un día, sus sombras negras favoritas y su sonrisa que habitaba las paredes, la laptop y los escritorios de la casa de Ricardo. Él la quería mucho. La recordaba varias veces durante el día, la llamaba, le escribía, le cantaba, la adoraba.
En ese sobre estaba la nueva noticia de Ricardo: había logrado juntar la plata para ir a visitarla en las vacaciones de mitad de año. Ya había comprado el pasaje. Junto a los cientos de palabras, había una foto de él. No sabía cómo se tomaría Camila su nuevo look. Había optado por la barba y el bigote, negros como sus cabellos. Ella siempre había hecho mofa del estilo árabe de Ricardo y sabía que su barba no sería la excepción. Sabía que ella lo llamaría a penas termine de leer esa carta y lo primero que diría sería algún apodo que tenga que ver con sus raíces de medio oriente.
El cobrador gritó: ¿quién baja en el parque? Ricardo dijo: bajo. Caminó unos pasos, bajó del micro y se dio cuenta que estaba lloviznando. Se puso la capucha de su polera de pijama y cruzó la pista.
domingo, 24 de junio de 2012
No me gustan los tacones
"Por qué no eres más femenina?" eran las palabras que iban y venían en la cabeza de Andrea, pregunta que había dicho su mamá, pregunta que no podía responder.
Andrea salió de su casa golpeando la puerta con mucha fuerza. Su mamá le gritó algo, pero ella hizo como si no hubiera escuchado.
Caminó hacia el parque que estaba a la vuelta de su casa y que muchas veces le había servido para desahogarse, para pensar. Prendió un cigarro. Vió a una pareja besándose en una banca y envidió su felicidad. Siguió caminando.
Andrea no sabía por qué sus mejores amigos eran hombres, por qué repudiaba las faldas y los tacones y por qué desde pequeña había disfrutado más jugar con carritos que con muñecas.
Su mamá no la entendía y ella tampoco se entendía a sí misma.
Vio dos palomas volando muy cerca a un niño. Él saltó tratando de coger alguna, pero no pudo. Muy pronto, se olvidó de esas aves plomizas y cogió su pequeño scooter. Era un niño muy bonito de esos que salen en los catálogos de ropa. Tendría como unos siete años y se veía que era un niño feliz. Su nana lo llamó por su nombre. Se llamaba Luca. Sus enormes y tiernos ojos voltearon a ver a su nana.
Andrea prendió otro cigarro y el niño volteó a verla. Ella le sonrió y él la saludó mientras se alejaba de la mano de su nana.
Por unos segundos, Andrea se había olvidado de su personalidad poco femenina. Aspiró la primera bocanada de humo de su segundo cigarro y recordó lentamente por qué estaba sentada en esa banca con los ojos llorosos.
Andrea salió de su casa golpeando la puerta con mucha fuerza. Su mamá le gritó algo, pero ella hizo como si no hubiera escuchado.
Caminó hacia el parque que estaba a la vuelta de su casa y que muchas veces le había servido para desahogarse, para pensar. Prendió un cigarro. Vió a una pareja besándose en una banca y envidió su felicidad. Siguió caminando.
Andrea no sabía por qué sus mejores amigos eran hombres, por qué repudiaba las faldas y los tacones y por qué desde pequeña había disfrutado más jugar con carritos que con muñecas.
Su mamá no la entendía y ella tampoco se entendía a sí misma.
Vio dos palomas volando muy cerca a un niño. Él saltó tratando de coger alguna, pero no pudo. Muy pronto, se olvidó de esas aves plomizas y cogió su pequeño scooter. Era un niño muy bonito de esos que salen en los catálogos de ropa. Tendría como unos siete años y se veía que era un niño feliz. Su nana lo llamó por su nombre. Se llamaba Luca. Sus enormes y tiernos ojos voltearon a ver a su nana.
Andrea prendió otro cigarro y el niño volteó a verla. Ella le sonrió y él la saludó mientras se alejaba de la mano de su nana.
Por unos segundos, Andrea se había olvidado de su personalidad poco femenina. Aspiró la primera bocanada de humo de su segundo cigarro y recordó lentamente por qué estaba sentada en esa banca con los ojos llorosos.
sábado, 23 de junio de 2012
Los pequeños pantaloncillos
Ivan tenía solo 15 años. Le gustaba el fútbol, las fiestas con amigos y la manera en que las tetas de sus compañeras se movían en la clase de educación física. Quería ser piloto y tener mucho dinero.
Tatiana tenía 17 años. Estaba en su último año de colegio y se había decidido a ser diseñadora de modas. Le gustaba hablar ppr teléfono hasta altas horas de la noche, tomarse unas chelas con sus amigos y bailar en los night club más conocidos de Lima.
Los dos tenían algo en común: compartían el mismo centro de estudios y por las noches, mientras dormían, solo los separaba unos metros de distancia.
Se saludaban en los recreos, conversaban por messenger cada cierto tiempo y se cruzaban todos los días al momento de ir al colegio.
Un día, Tatiana, le dijo a Ivan que vaya a su casa para pasar el rato. A Ivan le parecía bonita, pero la veía inalcanzable; como un chico encargado de las luces que quiere conquistar a la actriz principal.
Él se había conformado con ser su amigo y escuchar sus problemas en las madrugadas.
Cuando llegó el día. Ivan fue sudado luego de jugar un partido de fútbol con sus amigos del barrio.
Tatiana abrió la puerta. Tenía un diminuto short y un polo tan estrecho que le hacía ver sus curvas. "Pasa ivan, qué tal?" le dijo con una gran sonrisa. Él solo le dijo hola.
Se sentaron en el sillón de la sala y hablaron del nuevo director del colegio. Hubo un corto silncio y luego Ella lo besó apasionadamente. Agarró su mano derecha y se la puso en la entrepierna. Ivan seguía al pie de la letra todo lo que ella le ordenaba con una voz dulce.
Él le dijo: me gustas. Ella paró sus movimientos de pelvis, su mirada cambió y sus dientes ya no mordían sus labios. Se quedó mirándolo por largos segundos mientras se bajaba el cierre de sus pequeños pantaloncillos.
Tatiana tenía 17 años. Estaba en su último año de colegio y se había decidido a ser diseñadora de modas. Le gustaba hablar ppr teléfono hasta altas horas de la noche, tomarse unas chelas con sus amigos y bailar en los night club más conocidos de Lima.
Los dos tenían algo en común: compartían el mismo centro de estudios y por las noches, mientras dormían, solo los separaba unos metros de distancia.
Se saludaban en los recreos, conversaban por messenger cada cierto tiempo y se cruzaban todos los días al momento de ir al colegio.
Un día, Tatiana, le dijo a Ivan que vaya a su casa para pasar el rato. A Ivan le parecía bonita, pero la veía inalcanzable; como un chico encargado de las luces que quiere conquistar a la actriz principal.
Él se había conformado con ser su amigo y escuchar sus problemas en las madrugadas.
Cuando llegó el día. Ivan fue sudado luego de jugar un partido de fútbol con sus amigos del barrio.
Tatiana abrió la puerta. Tenía un diminuto short y un polo tan estrecho que le hacía ver sus curvas. "Pasa ivan, qué tal?" le dijo con una gran sonrisa. Él solo le dijo hola.
Se sentaron en el sillón de la sala y hablaron del nuevo director del colegio. Hubo un corto silncio y luego Ella lo besó apasionadamente. Agarró su mano derecha y se la puso en la entrepierna. Ivan seguía al pie de la letra todo lo que ella le ordenaba con una voz dulce.
Él le dijo: me gustas. Ella paró sus movimientos de pelvis, su mirada cambió y sus dientes ya no mordían sus labios. Se quedó mirándolo por largos segundos mientras se bajaba el cierre de sus pequeños pantaloncillos.
Ya es suficiente
Rosella se miró en el espejo. El rímel se le había caído y sus labios ya no estaban pintados de rojo. Sus ojos lucían amarillentos al igual que sus dientes.
Estaba ojerosa y su piel se veía cansada, cansada de lo mismo, de la vida nocturna que llevaba, de las sonrisas fingidas, de su adicción al tabaco.
Ese día, Rosella decidió abandonar esa vida. Sabía que ya era suficiente.
Pero muchas veces había dicho lo mismo. Muchas veces había jurado por sus dos hijos empezar de nuevo,
muchas veces había llegado a su límite, lo había pasado y luego se había arrepentido.
¿Por qué esta vez sería diferente?
Estaba ojerosa y su piel se veía cansada, cansada de lo mismo, de la vida nocturna que llevaba, de las sonrisas fingidas, de su adicción al tabaco.
Ese día, Rosella decidió abandonar esa vida. Sabía que ya era suficiente.
Pero muchas veces había dicho lo mismo. Muchas veces había jurado por sus dos hijos empezar de nuevo,
muchas veces había llegado a su límite, lo había pasado y luego se había arrepentido.
¿Por qué esta vez sería diferente?
viernes, 22 de junio de 2012
Mientras el café se enfriaba
Augusto tenía 19 años y estaba en su segundo año de comunicaciones. Le gustaba su carrera, pero tenía en claro que la madurez, la responsabilidad y la seriedad no iban con su personalidad.
Cuando despertaba, luego de escuchar algunas canciones de sus grupos de rock favoritos, pasaba por una gran ventana camino hacia la cocina, donde su abuela lo esperaba para desayunar.
Esta ventana era común y corriente. La acompañaban unas cortinas pálidas y blanquecinas que contribuían a una óptima exposición de la luz. La sala era triste y monótona cuando la ventana era obstruída por las pesadas telas blancas. Pero cuando no, la habitación cobraba vida y alegraba a Augusto por las mañanas.
Él pasaba varios minutos de su día mirando a través de ella. Vivía al frente de una avenida. Le gustaba el movimiento que había en aquel lugar tan transitado, pero maldecía el ruido que lo desesperaba en época de exámenes.
Pero había algo más que le gustaba de esa avenida. Todas las mañanas pasaba una chica muy pequeña. Era diferente a los demás transeúntes. Ella no corría, no gritaba, no hablaba por teléfono, no sucumbía ante la agitada vida limeña. Solo caminaba. A veces veía su reloj, a veces se acomodaba la mochila. Pero, normalmente, solo caminaba.
No sabía cuál era su destino, pero disfrutaba imaginando varias posibilidades.
Augusto veía su reloj desde que su figura femenina se dejaba ver en la lejanía. Luego, le daba otra ojeada cuando su caminar pausado se perdía entre una callesita donde un volkswagen negro siempre estaba estacionado. Le tomaba entre dos y tres minutos el recorrido. A veces más cuando el semáforo la cogía en verde. Augusto disfrutaba controlarla.
Muchas veces, Augusto anticipaba sus movimientos. Algunas noches soñaba que le hablaba, que la tocaba, que el olor de sus cabellos negros se quedaban impregnados en sus polos de bandas. Despertaba y los olía, pero el olor ya no estaba.
Todos los días la veía a la misma hora: ocho y treinta en punto pasaba por ahí. Si se demoraba un poco, Augusto cerraba los ojos y trataba de adivinar el instante enhfuría.
Un viernes, Augusto salió a la misma hora. Ella no aparecía. Cerró los ojos varias veces para sorprenderse al verla nuevamente caminar. Cuando cerró por quinta vez los ojos, ella apareció. Él sonrió aliviado y miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y cinco.
Ahora, ella caminaba más rápido y parecía que cantase una canción por el movimiento de sus labios y el compás de sus pasos. Lucía diferente.
Un toyota azul paró al frente de ella. Un hombre de unos veinticinco años bajó de él. Era alto y buen mozo. Abrazó a la chica de tierno caminar y luego le dio un beso que duró un par de segundos. Ella subió. El carro arrancó.
Augusto miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y siete. Odiaba a ese hombre que había arrebatado a la niña tierna que veía caminar y también a ella por fijarse en alguien tan simple como el dueño de ese toyota, tan común.
La abuela de Augusto lo llamó y le dijo que su café se enfriaba. Él cerró las cortinas y se dirigió a la cocina.
Cuando despertaba, luego de escuchar algunas canciones de sus grupos de rock favoritos, pasaba por una gran ventana camino hacia la cocina, donde su abuela lo esperaba para desayunar.
Esta ventana era común y corriente. La acompañaban unas cortinas pálidas y blanquecinas que contribuían a una óptima exposición de la luz. La sala era triste y monótona cuando la ventana era obstruída por las pesadas telas blancas. Pero cuando no, la habitación cobraba vida y alegraba a Augusto por las mañanas.
Él pasaba varios minutos de su día mirando a través de ella. Vivía al frente de una avenida. Le gustaba el movimiento que había en aquel lugar tan transitado, pero maldecía el ruido que lo desesperaba en época de exámenes.
Pero había algo más que le gustaba de esa avenida. Todas las mañanas pasaba una chica muy pequeña. Era diferente a los demás transeúntes. Ella no corría, no gritaba, no hablaba por teléfono, no sucumbía ante la agitada vida limeña. Solo caminaba. A veces veía su reloj, a veces se acomodaba la mochila. Pero, normalmente, solo caminaba.
No sabía cuál era su destino, pero disfrutaba imaginando varias posibilidades.
Augusto veía su reloj desde que su figura femenina se dejaba ver en la lejanía. Luego, le daba otra ojeada cuando su caminar pausado se perdía entre una callesita donde un volkswagen negro siempre estaba estacionado. Le tomaba entre dos y tres minutos el recorrido. A veces más cuando el semáforo la cogía en verde. Augusto disfrutaba controlarla.
Muchas veces, Augusto anticipaba sus movimientos. Algunas noches soñaba que le hablaba, que la tocaba, que el olor de sus cabellos negros se quedaban impregnados en sus polos de bandas. Despertaba y los olía, pero el olor ya no estaba.
Todos los días la veía a la misma hora: ocho y treinta en punto pasaba por ahí. Si se demoraba un poco, Augusto cerraba los ojos y trataba de adivinar el instante enhfuría.
Un viernes, Augusto salió a la misma hora. Ella no aparecía. Cerró los ojos varias veces para sorprenderse al verla nuevamente caminar. Cuando cerró por quinta vez los ojos, ella apareció. Él sonrió aliviado y miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y cinco.
Ahora, ella caminaba más rápido y parecía que cantase una canción por el movimiento de sus labios y el compás de sus pasos. Lucía diferente.
Un toyota azul paró al frente de ella. Un hombre de unos veinticinco años bajó de él. Era alto y buen mozo. Abrazó a la chica de tierno caminar y luego le dio un beso que duró un par de segundos. Ella subió. El carro arrancó.
Augusto miró su reloj. Eran las ocho y cuarenta y siete. Odiaba a ese hombre que había arrebatado a la niña tierna que veía caminar y también a ella por fijarse en alguien tan simple como el dueño de ese toyota, tan común.
La abuela de Augusto lo llamó y le dijo que su café se enfriaba. Él cerró las cortinas y se dirigió a la cocina.
miércoles, 20 de junio de 2012
¿qué es la felicidad?
La ex esposa de Julio, Mariana, había sufrido tres abortos naturales en menos de dos años. Parecía que la dificultad que tenían para dar vida era semejante a los problemas que habían en la relación.
Un miércoles de enero, Mariana lo abandonó. Le dejó una nota donde especificaba que no volviera a llamarla.
Desde ese día, Julio ya no era el mismo hombre. Sonreía una vez al mes y reía una vez cada cuatro meses. Su hermana trataba de consentirlo con caros regalos navideños y de cumpleaños. Sus buenos tratos no acababan ahí, le conseguía citas a ciegas con sus amigas del trabajo y amigas y primas de ellas. Él no las aceptaba, pero cuando le decía: "lo hago porque quiero verte feliz. Anda Julio, no pierdes nada yendo" aceptaba a regañadientes.
Nunca consiguió una relación gracias a las citas programadas por su hermana, pero por lo menos lo intentaba y eso lo hacía sentir mejor.
Un día, la hermana de Julio lo llamó llorando y riendo a la vez. Julio se sorprendió y le preguntó qué había pasado. Le dijo la noticia: "¡Voy a ser mamá, Julio!" Él la felicitó y le dijo que sería una gran madre y que Pablo era un buen hombre y juntos formarían una linda familia.
Colgaron y Julio lloró, pero no de felicidad y no sabía por qué. Quería saberlo, necesitaba saber la causa de tanta infelicidad. ¿Por qué esa llamada había desatado el desborde de esas lágrimas que ahora mojaban su camisa?
No era por Mariana, ya no la amaba. Miró por unos segundos el techo mientras se sobaba las manos casi asfixiándolas. De pronto, bajó la mirada y su boca se abrió: "Quiero ser padre"
Un miércoles de enero, Mariana lo abandonó. Le dejó una nota donde especificaba que no volviera a llamarla.
Desde ese día, Julio ya no era el mismo hombre. Sonreía una vez al mes y reía una vez cada cuatro meses. Su hermana trataba de consentirlo con caros regalos navideños y de cumpleaños. Sus buenos tratos no acababan ahí, le conseguía citas a ciegas con sus amigas del trabajo y amigas y primas de ellas. Él no las aceptaba, pero cuando le decía: "lo hago porque quiero verte feliz. Anda Julio, no pierdes nada yendo" aceptaba a regañadientes.
Nunca consiguió una relación gracias a las citas programadas por su hermana, pero por lo menos lo intentaba y eso lo hacía sentir mejor.
Un día, la hermana de Julio lo llamó llorando y riendo a la vez. Julio se sorprendió y le preguntó qué había pasado. Le dijo la noticia: "¡Voy a ser mamá, Julio!" Él la felicitó y le dijo que sería una gran madre y que Pablo era un buen hombre y juntos formarían una linda familia.
Colgaron y Julio lloró, pero no de felicidad y no sabía por qué. Quería saberlo, necesitaba saber la causa de tanta infelicidad. ¿Por qué esa llamada había desatado el desborde de esas lágrimas que ahora mojaban su camisa?
No era por Mariana, ya no la amaba. Miró por unos segundos el techo mientras se sobaba las manos casi asfixiándolas. De pronto, bajó la mirada y su boca se abrió: "Quiero ser padre"
martes, 19 de junio de 2012
Cuando Emilio voló
A Emilio le gustaba soñar. Decía que era un don que Dios le había dado para lograr hacer lo que en este mundo no se podía. Le gustaba llegar al colegio y compartir sus experiencias con sus compañeros. Todos se divertían oyendo a Emilio y sus aventuras increíbles.
Una vez soñó que volaba sobre la casa de su abuela, iba a Mc Donald's y se compraba dos helados. Él creía que uno era para él y otro para su abuela como agradecimiento por permitirle volar por encima de sus olivos, de su mecedora de roble favorita y de su heredado juego de té de porcelana.
Cuando estaba muy alto, su pelo se sacudía y su corazón palpitaba tan fuerte como las campanas de las iglesias de provincia. Se pasó la casa de su abuela, se pasó su casa y el sueño no acababa.
Divisó un punto a lo lejos que se movía lentamente. Era una niña. Ya no volaba, ahora simplemente era llevado por el viento de otoño. Era una hoja más que sucumbía ante la fuerza de los aires.
Cada vez se acercaba más. Ella era diminuta, con pelo castaño y ondulado. Llegaba hasta él, el rocío de su pelo: un olor a durazno fresco. Necesitaba saber quién era ese personaje tan adorable.
Llegó hasta ella, le cogió el hombro.
"Es hora de ir al colegio, mi amor" dijo su mamá. Era otro lunes de colegio en medio de un invierno tan crudo como una liebre en manos de su cazador. Emilio le mandó una mirada asesina. Nunca le perdonó el haber interrumpido tremendo descubrimiento. Ese día intentó volar otra vez y encontrarla, pero no lo logró.
Una vez soñó que volaba sobre la casa de su abuela, iba a Mc Donald's y se compraba dos helados. Él creía que uno era para él y otro para su abuela como agradecimiento por permitirle volar por encima de sus olivos, de su mecedora de roble favorita y de su heredado juego de té de porcelana.
Cuando estaba muy alto, su pelo se sacudía y su corazón palpitaba tan fuerte como las campanas de las iglesias de provincia. Se pasó la casa de su abuela, se pasó su casa y el sueño no acababa.
Divisó un punto a lo lejos que se movía lentamente. Era una niña. Ya no volaba, ahora simplemente era llevado por el viento de otoño. Era una hoja más que sucumbía ante la fuerza de los aires.
Cada vez se acercaba más. Ella era diminuta, con pelo castaño y ondulado. Llegaba hasta él, el rocío de su pelo: un olor a durazno fresco. Necesitaba saber quién era ese personaje tan adorable.
Llegó hasta ella, le cogió el hombro.
"Es hora de ir al colegio, mi amor" dijo su mamá. Era otro lunes de colegio en medio de un invierno tan crudo como una liebre en manos de su cazador. Emilio le mandó una mirada asesina. Nunca le perdonó el haber interrumpido tremendo descubrimiento. Ese día intentó volar otra vez y encontrarla, pero no lo logró.
Pretexto para ligar
"Hay demasiado ruido. No se puede mantener una conversación" decía Roxana. A ella nunca le gustaron las fiestas, le parecían un pretexto para ligar al son de una canción. Pensaba que debíamos ser un poco más originales, decirlo cara a cara.
Cuando Pedro le dijo que celebraría su cumpleaños el viernes, ella dudó su respuesta. Pedro era su mejor amigo desde el nido. Sabía su mayor miedo, lo que le daba vergüenza, su primer amor, los nombres de sus abuelos y su color favorito. Roxana le dijo que sí y Pedro no dijo nada. Estaba anonadado. No le creyó.
El día de la fiesta, Roxana apareció con un vestido azul marino que su mamá le había regalado hace dos navidades y que todavía no había podido estrenar. Pedro la vio y la abrazó. Le dijo que estaba hermosa y que la espera había valido la pena. La cogió de la mano y la llevó a la pista de baile. "Esta es mi canción favorita. No hay otra persona con la que me gustaría bailarla" Las luces se volvieron cada vez más tenues y los ojos de Pedro cada vez más brillantes. Él la besó como nunca la habían besado y ella juró, desde ese día, ir a todas las fiestas que la inviten.
Cuando Pedro le dijo que celebraría su cumpleaños el viernes, ella dudó su respuesta. Pedro era su mejor amigo desde el nido. Sabía su mayor miedo, lo que le daba vergüenza, su primer amor, los nombres de sus abuelos y su color favorito. Roxana le dijo que sí y Pedro no dijo nada. Estaba anonadado. No le creyó.
El día de la fiesta, Roxana apareció con un vestido azul marino que su mamá le había regalado hace dos navidades y que todavía no había podido estrenar. Pedro la vio y la abrazó. Le dijo que estaba hermosa y que la espera había valido la pena. La cogió de la mano y la llevó a la pista de baile. "Esta es mi canción favorita. No hay otra persona con la que me gustaría bailarla" Las luces se volvieron cada vez más tenues y los ojos de Pedro cada vez más brillantes. Él la besó como nunca la habían besado y ella juró, desde ese día, ir a todas las fiestas que la inviten.
lunes, 18 de junio de 2012
Malditas consecuencias, decía ella
Carla prefería usar su cerebro antes que su corazón. Ansiaba el amor, pero maldecía sus consecuencias.
Prejuicios
Tengo prejuicios con las personas que arrastran los pies, que no dicen gracias cuando bajan del micro, que escuchan reik y camila, que te miran la boca cuando les hablas, que no te miran al hablar, que cantan en voz alta cuando usan audífonos, que usan demasiado perfume, que no usan nada de perfume, que van a aura o gótica, que tienen el don por contagiar su negativismo, que se miran mucho al espejo, que nunca van directo al punto, que tienen blackberry, que no dicen lisuras, que tienen dientes muy chiquitos, que los tienen muy grandes, que tienen un blog y escriben con el objetivo de que una persona lea ese post. Mi objetivo eres tú.
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